Clive Wearing: el hombre con 30 segundos de memoria que nunca olvidó a su esposa
En 1985, una encefalitis por herpes simple dejó al músico británico Clive Wearing con una de las amnesias más graves que se han documentado: su memoria de lo que acaba de pasar dura entre siete y treinta segundos, y casi toda su vida anterior quedó borrada. Sin embargo, conservó intactas dos cosas: la capacidad de hacer música y el amor por su esposa, Deborah. Su caso cambió la manera en que la ciencia entiende la memoria, y abre una pregunta que va más allá del cerebro: ¿dónde vive lo que somos cuando los recuerdos desaparecen?
Un músico en la cima de su carrera
Clive Wearing nació en 1938. Era musicólogo, director de coro y tenor, un especialista en la música del Renacimiento, en especial en la obra del compositor Orlando di Lasso. En 1968 fundó en Londres el coro Europa Singers y trabajó como productor musical en la BBC. En 1984 se casó con Deborah. Llevaban un año juntos cuando todo cambió.
Marzo de 1985: el virus que borró una vida
A fines de marzo de 1985, Clive empezó con fiebre alta y un dolor de cabeza intenso. Durante los primeros días, los médicos pensaron que era una gripe fuerte. Al tercer día, Clive le dijo a su esposa que no podía pensar en su nombre. Poco después desapareció de la casa y, cuando lo trajeron de vuelta, no la reconoció. El diagnóstico llegó tarde: el virus del herpes simple, el mismo que en la mayoría de las personas solo causa un fuego en el labio, había llegado a su cerebro y provocado una encefalitis que destruyó las zonas que guardan la memoria.
El resultado fue una amnesia doble. Clive no podía formar recuerdos nuevos (amnesia anterógrada) y además había perdido casi todo su pasado (amnesia retrógrada). Deborah describió esa experiencia con una imagen inolvidable: cada vez que él parpadeaba, el mundo que tenía delante era completamente nuevo.
El diario del eterno despertar
Para aferrarse a algo, Clive empezó a escribir un diario. Anotaba la hora y una frase: que en ese momento estaba realmente despierto, por primera vez. Minutos después leía la anotación, no recordaba haberla escrito, la tachaba y escribía otra igual. Página tras página, durante horas. Para él, cada instante era el primer instante de conciencia. Hoy ese diario aparece en manuales universitarios de psicología como ejemplo de lo que significa vivir sin memoria.
Lo que la amnesia no pudo borrar
En medio de esa niebla, dos cosas sobrevivieron. La primera fue la música: Clive podía sentarse al piano o al órgano y tocar piezas complejas, leer partituras a primera vista y dirigir un coro, aunque no recordara el título de una obra cuando se la nombraban. La segunda fue Deborah. Cada vez que ella entraba en la habitación, él la recibía con una alegría desbordante, como si no la hubiera visto en años, aunque hubiera salido cinco minutos antes.
El neurólogo Oliver Sacks, que visitó a la pareja y escribió sobre ellos en The New Yorker y en su libro Musicophilia, contó que Deborah le mostró a Clive el libro que había escrito sobre su vida juntos. Ya se lo había mostrado dos veces y él lo había olvidado. Clive se asombró, la felicitó, leyó la dedicatoria «Para mi Clive» y la abrazó.
Qué dice la ciencia: la memoria no es un solo cajón
Hoy sabemos que la memoria está formada por varios sistemas. La memoria episódica, la que guarda los hechos de nuestra vida, depende en gran parte del hipocampo, justo la estructura que el virus dañó en Clive. Pero hay otras formas de memoria que no pasan por ahí. En los años cincuenta y sesenta, la neuropsicóloga Brenda Milner mostró que el paciente Henry Molaison, incapaz de formar recuerdos nuevos, mejoraba día tras día en una tarea de dibujo frente a un espejo, aunque juraba que nunca la había hecho. Es la memoria procedimental, la del cuerpo y los gestos aprendidos.
La música parece vivir en parte en ese otro lugar. En 2015, un equipo del Instituto Max Planck publicó en la revista Brain un estudio que identificó regiones cerebrales asociadas a la memoria musical de largo plazo y comprobó que suelen estar entre las menos dañadas en personas con Alzheimer. Es una de las razones por las que muchas personas con demencia todavía pueden cantar las canciones de su juventud.
La emoción tiene su propia memoria
En 2010, investigadores de la Universidad de Iowa trabajaron con cinco pacientes que, como Clive, tenían el hipocampo dañado. Les mostraron escenas de películas tristes y, otro día, alegres. Diez minutos después casi no recordaban lo que habían visto, pero la emoción seguía ahí, y duraba mucho más que el recuerdo. El estudio, publicado en PNAS, tiene una consecuencia muy concreta: visitar a alguien que está perdiendo la memoria sigue importando, aunque no recuerde la visita. Lo que sintió puede quedarse con él.
¿Somos solo lo que recordamos?
En el siglo XVII, el filósofo John Locke propuso que la identidad personal se sostiene en la memoria. Si eso fuera todo, Clive habría dejado de ser Clive. Pero Deborah siempre sostuvo lo contrario: su esposo seguía siendo profundamente él mismo, con su inteligencia, su entusiasmo y su manera de amar. Muchas tradiciones espirituales hablan de una esencia que está más allá de la historia personal. La ciencia no puede medirla, pero la vida de Clive nos deja frente a esa posibilidad con una fuerza difícil de ignorar.
La otra mitad del vínculo
Deborah buscó tratamientos, luchó por una atención más humana y logró que Clive se mudara a una residencia pequeña para personas con lesiones cerebrales. En 2005 publicó su libro con un título que lo dice todo: Forever Today, «para siempre hoy». Oliver Sacks cerró su relato con unas palabras de ella: en la música y en su amor por ella, Clive trasciende la amnesia y encuentra continuidad.
Mira la historia completa
https://youtu.be/NRc8UmEcbLo?si=NNPiQAfLRmyPCdJl
Esta historia es el primer episodio de Vínculos del Alma, la serie de Absy Creations sobre los lazos que nos unen, contados con la mirada de la ciencia, la psicología y el alma. Te invito a verla completa y a contarme en los comentarios qué crees que sobreviviría en ti si mañana lo olvidaras todo.