La Pasión: El fuego que nos habita

Hay palabras que no necesitan explicación porque se sienten en la piel.
La pasión es una de ellas.
Un incendio que no pregunta si estamos listos, una fuerza que rompe la rutina y nos recuerda que vivir es mucho más que sobrevivir.

La pasión romántica

Todos conocemos esa chispa que enciende el cuerpo cuando aparece alguien que despierta algo en nosotros. El amor apasionado no es calma: es vértigo, exceso, desorden. Es la experiencia de perderte en otro y, al mismo tiempo, encontrarte.

La pasión espiritual

Pero la pasión no se queda en lo romántico. También se vuelve oración, entrega, comunión con lo divino. Los místicos hablaron de ella como un fuego sagrado: Santa Teresa describía su unión con Dios con palabras que parecían escritas para un amante. En el fondo, ¿qué diferencia hay entre un corazón que tiembla de deseo y uno que tiembla de fe?

La pasión como arte

El arte nace de la pasión y se alimenta de ella. Pintores, músicos, poetas… todos intentaron capturar ese fuego en lienzos, partituras o versos. Cada trazo y cada nota son testigos de que la pasión no se apaga: se transforma en huella.

El filo de la pasión

No todo es luz en este camino. La pasión también puede ser obsesión, cárcel, destrucción. El mismo fuego que ilumina puede cegar. Y sin embargo, ¿no es ese riesgo lo que la hace tan humana?

Lo inaudito

La gran revelación es que la pasión no está afuera.
No está solo en un beso, ni en un carnaval de cuerpos, ni en un ideal.
La pasión eres tú, cuando eliges vivir con intensidad, cuando te atreves a quemar tus miedos en lugar de tus sueños.

La pasión es el recordatorio más hermoso y más brutal de que estamos vivos.
Y quizá, al final, lo único que nos pide es simple:
que no la contemplemos desde lejos,
sino que nos animemos a arder.

 

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