María Marta Moreiro María Marta Moreiro

Carl Jung: El viaje hacia el alma

Hay hombres que estudian la mente, y hay otros que se atreven a mirarla desde adentro.
Carl Gustav Jung fue uno de ellos. No fue solo un psiquiatra ni un teórico. Fue un explorador del alma, un viajero del inconsciente humano que se atrevió a descender a los lugares donde muchos temen mirar.

Jung no buscó fama. Buscó sentido.
Mientras el siglo XX se obsesionaba con la razón y el progreso, él comprendió que el ser humano no puede reducirse a impulsos o reacciones químicas. Somos símbolos, memorias, sombras y sueños.
Y todo lo que negamos… nos persigue hasta que lo reconocemos.

 

 La sombra: el rostro que negamos

Jung descubrió algo que cambió para siempre la psicología: la sombra.
Esa parte de nosotros que escondemos, reprimimos o negamos, pero que sigue viva, esperando ser escuchada.
No es maldad, es potencial no vivido. Son emociones no expresadas, verdades silenciadas, deseos que no encajaron en el molde de lo que “debíamos ser”.

La sombra no desaparece si la ignoras. Se transforma en destino.
Por eso Jung dijo: “Lo que no se hace consciente, se manifiesta como destino.”
Enfrentarla no es caer, es sanar. Quien integra su sombra, se vuelve completo.

 

 El alma habla en símbolos

Para Jung, los sueños eran más que imágenes absurdas: eran mensajes del inconsciente.
Cada figura, cada arquetipo, cada escenario que aparece en la noche tiene un significado oculto.
El alma se comunica a través de símbolos, no de palabras.
Por eso, entender los sueños no es superstición: es traducir el lenguaje del alma.

De allí nacen los arquetipos, esas figuras universales que todos compartimos: el héroe, la madre, el sabio, la sombra, el niño eterno.
Cada uno vive dentro de nosotros, guiando nuestras decisiones, nuestras pasiones, nuestros miedos.

 

La unión de los opuestos

Jung entendió que el ser humano está dividido entre polos: razón y emoción, luz y oscuridad, masculino y femenino, consciente e inconsciente.
La verdadera madurez —decía— llega cuando dejamos de pelear con esos opuestos y los integramos.

Esa integración es el proceso de individuación: el viaje para convertirte en quien realmente eres, no en quien te enseñaron a ser.
No se trata de eliminar partes de ti, sino de reconocerlas todas y darles un lugar en el todo.

 

 El alma como ciencia y misterio

Aunque muchos lo llamaron místico, Jung siempre fue científico.
Pero entendía que el alma humana no puede medirse solo con experimentos.
Hablaba de la sincronicidad, esas coincidencias que parecen imposibles, donde el universo parece responder a nuestros pensamientos.
No son casualidades, decía, son señales del diálogo entre el alma y el mundo.

También veía en la alquimia un espejo del proceso psicológico: transformar el plomo del inconsciente en el oro de la conciencia.
La verdadera piedra filosofal no es material: es el despertar interior.

 

 Mirar hacia adentro

Carl Jung nos dejó una enseñanza inmortal:
“Quien mira hacia afuera, sueña… quien mira hacia adentro, despierta.”
El mundo moderno, con su ruido constante, teme al silencio.
Pero en ese silencio es donde el alma susurra.
Y quien se atreve a escucharla, descubre que la oscuridad no era el fin… sino el comienzo.

El viaje hacia ti mismo es el viaje más valiente que puedes hacer.
Y Jung sigue siendo el mapa para quienes buscan algo más que respuestas: buscan sentido.

 

No somos solo mente ni cuerpo: somos alma.
Y el alma no envejece, no se mide, no se explica.
Solo se reconoce, cuando el ser humano deja de huir de sí mismo.

Porque, al final, lo que Jung descubrió no fue la psicología del hombre…
sino el alma del universo hablando a través de él.

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

La Gratitud: El Arte de Recordar la Luz

Dicen que el universo tiene un lenguaje secreto.
Un idioma silencioso que no se pronuncia con la boca, sino con el alma.
Ese idioma se llama gratitud.

Muchos la confunden con cortesía o educación, como si agradecer fuera una obligación social. Pero la gratitud verdadera no es un gesto automático, ni una respuesta condicionada.
Es una vibración.
Una forma de mirar la vida y decir: “sé que todo esto tiene sentido, aunque aún no lo entienda.”

 

 La gratitud como frecuencia

Cuando agradeces, algo invisible cambia de lugar.
Tu mente se aquieta.
Tu corazón se expande.
Tu cuerpo se relaja.
La ciencia lo confirma: el cerebro produce más serotonina y dopamina, las hormonas del bienestar. Pero lo espiritual va más allá: la gratitud eleva tu frecuencia hasta sintonizar con la energía de la abundancia.

No se trata de negar lo que duele, sino de reconocer el milagro que aún existe en medio del caos.
Porque incluso en los días grises, la vida sigue respirando dentro de ti.

 

 Agradecer antes de recibir

La mayoría espera tener algo para sentirse agradecida.
Un logro, una relación, un éxito, una señal.
Pero la verdadera gratitud no depende de lo que llega, sino de lo que ya está.
Es un acto de fe.
Una afirmación silenciosa que le dice al universo:

“Confío. Sé que estoy exactamente donde debo estar.”

Y cuando vibras desde esa certeza, el universo responde.
No porque cambie la realidad, sino porque cambia la forma en que la miras.

 

 Agradecer lo que dolió

A veces la gratitud no se presenta en los días felices, sino en los días que marcaron tu piel.
Agradecer no es olvidar lo que dolió,
es reconocer lo que te enseñó.

Cada herida tiene un propósito.
Cada pérdida trae un mensaje.
Cada cierre abre un nuevo camino.
Y aunque duela, en retrospectiva todo encaja.

Cuando logras decir “gracias” incluso a lo que te rompió,
la herida deja de sangrar.
Se convierte en sabiduría.

 

 La alquimia de agradecer

La gratitud transforma lo ordinario en sagrado.
Convierte un vaso de agua en bendición,
un amanecer en oración,
y un momento cualquiera en eternidad.

Agradecer no te quita el dolor,
pero te enseña a ver la belleza incluso en medio de él.
Y ahí está la alquimia:
no se trata de cambiar lo que pasa,
sino de recordar quién eres mientras pasa.

 

 Agradecer es un acto de poder

Agradecer no es sumisión.
No es conformismo.
Es poder consciente.

Cada “gracias” que pronuncias es una declaración de fuerza,
una afirmación de que eliges ver la luz en lugar de la sombra.
Es una forma de decir:

“No controlo el universo, pero confío en su sabiduría.”

Y cuando vives desde ese espacio, la vida empieza a conspirar a tu favor.
Las sincronías aparecen.
Las puertas se abren.
Y lo que antes parecía imposible… comienza a fluir.

 

 Recordar la luz

Agradecer es recordar.
Recordar que el aire que respiras es un regalo.
Que la persona que amas sigue aquí.
Que cada día que despiertas, tienes una nueva oportunidad para crear, sanar y amar.

La gratitud no cambia lo que tienes:
cambia quién eres.
Y cuando tú cambias…
todo el universo se transforma contigo.

 

Esta noche, antes de dormir, haz una pausa.
Piensa en algo —o alguien— que hayas olvidado agradecer.
Cierra los ojos, siente su presencia, y di:
“Gracias.”

Hazlo sin expectativas, sin juicios, sin prisa.
Solo deja que esa palabra te atraviese.
Porque ahí, justo ahí…
comienza la verdadera magia. ✨

 

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

Las Voces de lo Invisible: cuando el alma escucha lo que los ojos no pueden ver

Hay sonidos que no pertenecen al mundo físico.
Susurros que cruzan el aire sin moverlo,
presencias que se sienten aunque no se vean,
miradas que atraviesan el alma sin tener rostro.

Las llamamos hadas, ángeles, espíritus, fantasmas.
Pero quizá todas sean manifestaciones de una misma verdad:
la existencia no termina en lo visible.

 

 Lo invisible desde la ciencia

La física moderna sostiene que solo percibimos una mínima fracción de la realidad.
Nuestros sentidos captan menos del 1% del espectro electromagnético.
Todo lo demás —luz, sonido, energía— sigue existiendo, aunque no podamos verlo.

Algunos investigadores creen que la conciencia humana actúa como un receptor,
capaz de sintonizar, bajo ciertas condiciones, con frecuencias fuera del rango habitual.
¿Y si lo que llamamos “presencias” fueran simplemente ondas mentales,
resonancias cuánticas que aún no comprendemos?

Tal vez las “voces del más allá” sean señales del universo intentando traducirse a sí mismo dentro de nuestra percepción limitada.

 

 Lo invisible desde la espiritualidad

Las tradiciones más antiguas no necesitaban teorías para entenderlo.
Los chamanes conversaban con el viento.
Los monjes escuchaban la voz de los ángeles en el silencio.
Los pueblos celtas hablaban de seres luminosos que custodiaban los bosques.

Para ellos, lo invisible no era un misterio ajeno, sino una dimensión natural de la existencia.
Un puente entre el mundo físico y el espiritual.

La muerte, decían, no era el final.
Era una transición.
El alma simplemente cambiaba de frecuencia, y desde ese otro plano, seguía acompañando a quienes amaba.

 

 El punto donde ciencia y espíritu se encuentran

Hoy, la ciencia comienza a decir lo que la sabiduría ancestral siempre supo:
nada desaparece, todo se transforma.
Las emociones, los pensamientos, los vínculos… dejan huellas energéticas en el espacio.
Y cuando alguien sintoniza con ellas —por amor, por duelo o por sensibilidad—, algo se manifiesta.

No son alucinaciones.
Son resonancias.
El alma humana tiene memoria vibracional.
Y a veces, esa memoria responde.

 

 El verdadero misterio

No es que existan fantasmas, ángeles o hadas.
El verdadero misterio es que podamos sentirlos.
Que algo dentro de nosotros reconozca su presencia antes de entenderla.
Que el cuerpo reaccione con escalofríos, con lágrimas, con paz.

Tal vez eso es lo que somos:
antenas vivas entre lo visible y lo invisible.
Materia que recuerda haber sido luz.
Conciencia experimentándose a sí misma a través del asombro.

 

 El eco que nunca muere

Dicen que cuando alguien parte, una parte suya sigue vibrando cerca.
No para asustar, sino para recordarnos que el amor no muere.
Solo cambia de forma.

Las voces del silencio no vienen de afuera.
Vienen de adentro, desde la parte eterna que habita en cada uno.
Y cuando aprendemos a escucharlas, comprendemos que no estamos solos.
Nunca lo estuvimos.

Porque lo invisible no está lejos.
Está aquí,
entre cada respiro,
esperando que despertemos lo suficiente…
para oírlo.

 

✍️ Por Absy Creations LLC
Cuando el alma y la ciencia se encuentran, el misterio se vuelve conocimiento

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

Spinoza: El hombre que pensó como Dios

Baruch Spinoza no fue un rebelde: fue un buscador de verdad.
Nació en 1632 en Ámsterdam, dentro de una familia judía exiliada. Desde joven se atrevió a hacer una pregunta prohibida:
¿Y si Dios no está fuera, sino dentro de todo lo que existe?

Esa pregunta lo cambió todo.
Fue expulsado, maldito y condenado al silencio.
Pero mientras el mundo lo rechazaba, él encontraba la libertad en sus pensamientos.
Puliendo lentes para vivir, comprendió que, así como el vidrio deja pasar la luz, el pensamiento deja pasar la verdad.

De esa claridad nació su visión más profunda:
Dios no es un ser separado del universo… Dios es el universo mismo.
La naturaleza, la mente, la materia, el alma — todo es una sola sustancia infinita.

Spinoza no quiso destruir la religión, sino liberar al ser humano del miedo.
Decía que la verdadera libertad nace al comprender por qué sentimos y actuamos.
Y que “el sabio no se burla, no se lamenta, no odia… comprende.”

Murió joven, pero su pensamiento trascendió los siglos.
Einstein lo resumió mejor que nadie:

“Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía de lo que existe.”

Spinoza nos enseñó que la divinidad no está en los templos, sino en cada átomo del universo.
Y que cuando comprendemos eso…
dejamos de buscar a Dios, porque lo encontramos dentro de nosotros.

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

El Aura: La Energía que Revela el Alma

Dicen que todos irradiamos una luz.
No se ve, pero se siente.
Esa vibración invisible que cambia con cada pensamiento, con cada emoción.
A eso lo llaman aura.

Cuando amas, tu aura se expande.
Cuando temes, se contrae.
Y cuando alcanzas paz, brilla como si el universo respirara contigo.

La ciencia empieza a observar lo que el alma siempre supo:
el cuerpo emite campos de energía.
El corazón, por ejemplo, genera una frecuencia que puede sentirse a metros de distancia.
Los antiguos lo llamaban Chi, Prana o Ka;
hoy, simplemente, energía humana.

Cuidar tu aura no es superstición, es equilibrio.
Se fortalece con pensamientos claros, emociones sinceras y actos coherentes.
No se trata de “ver la luz”, sino de serla.

Cierra los ojos, respira.
Imagina una luz envolviéndote, expandiéndose, tocando a otros.
Eso eres tú:
una chispa consciente en el tejido luminoso del universo.

 Tu aura no se ve… se siente.

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

La Pasión: El fuego que nos habita

Hay palabras que no necesitan explicación porque se sienten en la piel.
La pasión es una de ellas.
Un incendio que no pregunta si estamos listos, una fuerza que rompe la rutina y nos recuerda que vivir es mucho más que sobrevivir.

La pasión romántica

Todos conocemos esa chispa que enciende el cuerpo cuando aparece alguien que despierta algo en nosotros. El amor apasionado no es calma: es vértigo, exceso, desorden. Es la experiencia de perderte en otro y, al mismo tiempo, encontrarte.

La pasión espiritual

Pero la pasión no se queda en lo romántico. También se vuelve oración, entrega, comunión con lo divino. Los místicos hablaron de ella como un fuego sagrado: Santa Teresa describía su unión con Dios con palabras que parecían escritas para un amante. En el fondo, ¿qué diferencia hay entre un corazón que tiembla de deseo y uno que tiembla de fe?

La pasión como arte

El arte nace de la pasión y se alimenta de ella. Pintores, músicos, poetas… todos intentaron capturar ese fuego en lienzos, partituras o versos. Cada trazo y cada nota son testigos de que la pasión no se apaga: se transforma en huella.

El filo de la pasión

No todo es luz en este camino. La pasión también puede ser obsesión, cárcel, destrucción. El mismo fuego que ilumina puede cegar. Y sin embargo, ¿no es ese riesgo lo que la hace tan humana?

Lo inaudito

La gran revelación es que la pasión no está afuera.
No está solo en un beso, ni en un carnaval de cuerpos, ni en un ideal.
La pasión eres tú, cuando eliges vivir con intensidad, cuando te atreves a quemar tus miedos en lugar de tus sueños.

La pasión es el recordatorio más hermoso y más brutal de que estamos vivos.
Y quizá, al final, lo único que nos pide es simple:
que no la contemplemos desde lejos,
sino que nos animemos a arder.

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

El Nuevo Comienzo: Nunca es tarde para renacer

Hay momentos en la vida en los que sentimos que ya no hay vuelta atrás.
Creemos que lo que perdimos es demasiado, que el tiempo ya pasó, que no queda más que resignarse. Pero la vida tiene una manera misteriosa de recordarnos algo esencial: siempre es posible comenzar de nuevo.

Yo lo viví en carne propia. A los 56 años dejé mi país, mi profesión, mi familia y todo lo que había construido. Me quedé con una maleta, un corazón acelerado y un miedo enorme a lo desconocido. Fue como arrancar las raíces de un árbol y lanzarse a la tierra sin saber si volvería a florecer.

Los primeros días fueron una mezcla de soledad y vértigo. Cada trámite, cada conversación en otro idioma, cada búsqueda de trabajo me hacía sentir como una aprendiz absoluta. El ego sufría, sí. Pero descubrí algo profundo: ser aprendiz otra vez es volver a estar vivo.

 

El miedo como compañero

El miedo nunca desapareció. Estaba allí, recordándome que estaba saliendo de mi zona de confort. Pero aprendí a verlo como brújula: si había miedo, significaba que estaba creciendo.

El miedo no es señal de debilidad, sino de movimiento. Y cada paso que di con miedo me acercó más a una nueva versión de mí misma.

 

Psicología y resiliencia

La resiliencia no se hereda, se entrena.
Cada error, cada caída, cada lágrima fue un ladrillo invisible en la construcción de mi nueva vida. Descubrí que la fortaleza no consiste en no caer, sino en volver a levantarse una y otra vez.

 

Espiritualidad en lo cotidiano

También aprendí a escuchar lo invisible. Señales que aparecían en conversaciones, libros, personas nuevas que llegaban en el momento justo. Empecé a confiar en que la vida no me estaba quitando, sino transformando.

La espiritualidad dejó de ser algo externo y se convirtió en un acto diario: agradecer, respirar, confiar. Entendí que cada final es en realidad un comienzo disfrazado.

 

La enseñanza que queda

Dejarlo todo no fue perder, fue ganar un mundo nuevo.
Hoy sé que nunca es tarde para renacer. Que la edad no es una barrera, es un recurso. Que lo que dejamos atrás no desaparece, se convierte en raíz para sostener lo nuevo.

Si estás leyendo esto y sientes que tu vida necesita un giro, quiero que te lleves esta verdad: el nuevo comienzo no espera a que estés listo. Empieza cuando decides dar el primer paso, aunque tiemble la voz, aunque tiemblen las piernas.

 

Nunca es tarde. Nunca es imposible. Tu nuevo comienzo puede empezar hoy.

 

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

Duendes: Guardianes de lo Invisible

Hay quienes dicen que los duendes son solo cuentos para niños, personajes de fábulas que el tiempo desgastó. Pero ¿y si fueran algo más? ¿Y si esas risas diminutas y esos objetos que desaparecen sin explicación fueran la prueba de que lo invisible sigue jugando entre nosotros?

Desde Irlanda hasta Latinoamérica, los duendes aparecen bajo mil nombres distintos: leprechauns, trasgos, chaneques… Todos pequeños, esquivos, traviesos, pero con un mismo mensaje: la realidad no es tan sólida como creemos.

Para unos son protectores de la naturaleza, espíritus elementales que habitan entre raíces y cuevas. Para otros, son castigos en forma de juegos: pasos diminutos en la noche, monedas antiguas en lugares imposibles, trenzas en el pelo de caballos. Su doble rostro los hace fascinantes: luz y sombra, guía y caos, bendición y advertencia.

Lo cierto es que los duendes no pertenecen solo a los mitos. Están en el crujir del bosque, en los relatos de los niños, en esas historias que la gente cuenta en voz baja porque teme que los llamen locos.

Quizás no busquen oro, sino algo más valioso: nuestra atención, nuestra capacidad de asombro. Y tal vez, la próxima vez que pierdas algo y aparezca en un lugar imposible, recordarás estas palabras:

“No estás tan solo como crees. Quizás, los duendes ya estuvieron contigo.”

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

El Silencio: El Lenguaje Oculto del Universo

El silencio…
Una palabra breve. Un instante eterno.
A veces lo buscamos como refugio; otras, lo tememos como vacío.
Pero ¿y si el silencio no fuera la ausencia de sonido, sino una forma secreta de comunicación entre el alma y el universo?

 El silencio como ausencia… y como presencia

Pensamos que el silencio es lo opuesto al ruido. Sin embargo, los sabios de todas las eras han visto algo más profundo:
el silencio como una presencia viva, un terreno fértil donde brota lo esencial.

El Buda lo llamó “el camino hacia la iluminación”.
Lao-Tsé lo definió como “el lenguaje eterno del Tao”.
Y los monjes cristianos lo abrazaron como la oración más pura.

El silencio no es vacío: es un espejo donde la conciencia se reconoce.

 

 El silencio en la filosofía

Desde Sócrates hasta Wittgenstein, el silencio ha sido compañero inseparable del pensamiento.
Sócrates usaba el silencio para invitar al otro a escuchar su propia verdad.
Wittgenstein, siglos después, cerró su Tractatus con una advertencia luminosa:

“De lo que no se puede hablar, hay que callar.”

El silencio, en filosofía, es frontera y revelación.
Lo que no cabe en palabras… tal vez solo pueda sentirse.

 

 El silencio como resistencia

Vivimos en la era del ruido. Opiniones, notificaciones, pantallas, voces sin pausa.
Y sin embargo, en medio de ese caos, guardar silencio se ha vuelto un acto de rebeldía.

El filósofo Byung-Chul Han lo llama “la sociedad del ruido”. En ella, elegir callar no es pasividad: es soberanía.
Es decirle al mundo:

“No me arrastrarás con tu corriente. Yo elijo escuchar.”

 

 La ciencia del silencio

La neurociencia ha demostrado que el silencio no es la nada.
En habitaciones sin ecos —las llamadas anecoicas—, muchas personas escuchan su propio cuerpo: el corazón, la sangre, los nervios.

El cerebro, sin estímulos externos, activa su propio universo interior.
Un estudio publicado en PNAS en 2013 reveló que apenas dos minutos de silencio pueden ser más reparadores que la música relajante.
Durante esos momentos, el cerebro reorganiza sus circuitos, despierta la creatividad y mejora la memoria.

El silencio, en términos científicos, no es vacío:
es una sinfonía biológica que ocurre dentro de nosotros.

 

 El silencio espiritual

El silencio ha sido, desde siempre, el puente hacia lo divino.

  • En el budismo, la meditación comienza con el silencio interior.

  • En el cristianismo místico, San Juan de la Cruz lo llamaba “la noche del alma”.

  • En el sufismo, Rumi escribió:

“El silencio es el lenguaje de Dios; todo lo demás es mala traducción.”

El silencio espiritual no es ausencia de sonido:
es presencia absoluta del Ser.

 

 El silencio también comunica

Un silencio puede decir tanto como una palabra.
El silencio del amor, del duelo, del respeto o del miedo… cada uno tiene su propio tono.

Un gesto contenido, una mirada prolongada, un suspiro que evita hablar: todo eso es lenguaje.
El silencio no interrumpe la comunicación: la transforma.

 

 El silencio y la creación

Las grandes ideas nacen del silencio.
Einstein caminaba solo antes de sus descubrimientos.
Beethoven componía en largos intervalos de calma interior.
Virginia Woolf necesitaba su “habitación propia”… y su silencio.

La creación es hija del silencio, no del ruido.
En él, la mente encuentra espacio para que lo invisible tome forma.

 

 El silencio y el miedo

Pero no todos lo soportan.
Muchos temen el silencio porque los confronta con su propio reflejo.
Sin distracciones, sin pantallas, sin voces externas, el silencio nos deja cara a cara con lo que evitamos ver.

Carl Jung decía:

“Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta.”

Y mirar hacia adentro implica callar.
Por eso el ruido se ha vuelto anestesia. Nos protege… pero también nos adormece.

 

 El silencio cósmico

Si miramos hacia el espacio, encontramos el mayor silencio de todos:
el del universo.

Allí no hay aire que transporte el sonido.
Las galaxias colisionan en mutismo absoluto.
Y aun así, en ese silencio inmenso, vibra la radiación de fondo del Big Bang:
un eco del origen mismo de la existencia.

El universo calla… pero su silencio contiene la historia de todo lo que fue y será.

 

 El silencio como revelación

¿Qué hacemos con el silencio?
¿Lo evitamos? ¿Lo escuchamos? ¿Lo habitamos?

El silencio nos desnuda.
Nos muestra lo que somos sin filtros ni adornos.
Y en esa desnudez, descubrimos una fuerza pura: la del ser en estado esencial.

Te propongo algo:
cuando termines de leer esto, apaga todo.
Quédate dos minutos en silencio absoluto. Respira.
Escucha lo que hay detrás del ruido.

Quizás descubras que el silencio nunca estuvo vacío.
Que dentro de él habita tu voz más profunda, tu verdad más olvidada.

 

El ruido nos conecta con el mundo.
Pero el silencio… nos conecta con el universo.
Y cuando aprendes a escucharlo, entiendes que todo lo que existe —desde un pensamiento hasta una estrella— habla el mismo idioma:
el del silencio.

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

Expectativa vs Realidad

A veces me preguntan: si suelto la expectativa, ¿cómo sostengo la motivación? Yo respondo: la motivación que depende del resultado es frágil; la que nace del sentido es inagotable. Los aplausos son lindos, sí, pero no son brújula. Mi brújula es la coherencia: pensar, sentir y actuar hacia el mismo norte interior.

La expectativa suele disfrazarse de perfeccionismo. Ese “empiezo cuando todo esté bajo control” es una trampa. La vida solo se revela cuando la habitás. Empezar imperfecto es un acto de amor propio: la realidad se encarga de pulirte.

No hablo de conformismo. Soltar expectativas es aprender a distinguir cuándo insistir y cuándo soltar. Mi oración es simple: “Muéstrame dónde poner el corazón y dónde retirarlo sin rencor”.

Descubrí que la expectativa es como una ventana empañada: solo muestra ilusiones. La realidad es abrirla, dejar que entre el aire frío y verdadero. Duele, pero libera.

Aprendí en tres escenas:

  • En el amor: no es contrato, es libertad.

  • En el trabajo: no es ecuación, es propósito.

  • En mí misma: no es armadura, es honestidad.

La expectativa puede ser brújula o jaula. Lo sabés porque tu paz depende de que algo ocurra como lo imaginaste. Y nadie vive mucho tiempo respirando aire prestado.

Yo sigo aprendiendo. Todos los días converso con mis expectativas y elijo, la mayoría de las veces, el misterio de la realidad. Porque al final, la vida no vino a cumplir mis guiones: vino a invitarme a escribirlos con ella.

 

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

La Verdad: Espejo, Laberinto y Camino

Todos hablamos de la verdad como si supiéramos qué es. La usamos en discusiones, la exigimos a los demás, la reclamamos en política, en el amor, en la vida cotidiana. Pero cuando nos detenemos a pensar… ¿qué significa realmente “la verdad”?

Para algunos, la verdad es simple: un hecho comprobable, un dato que puede medirse. Para otros, es una intuición, algo que se siente más que se demuestra. Platón decía que vivimos viendo sombras, y que la verdad está más allá de lo que perciben nuestros sentidos. Nietzsche, en cambio, creía que la verdad es una construcción: metáforas que olvidamos que lo son. Y en la ciencia, la verdad nunca es absoluta: cada descubrimiento abre la puerta a nuevas preguntas.

En la vida cotidiana, la verdad toma otra forma: esa incomodidad que sentimos cuando estamos en un trabajo que no amamos, en una relación que no nos llena, o cuando callamos lo que realmente pensamos. Esa verdad íntima no necesita demostraciones: la llevamos en el cuerpo, en la mirada, en el silencio.

Hoy vivimos en la era de la posverdad. La mentira bien contada corre más rápido que cualquier evidencia. Ya no importa tanto si algo es verdadero, sino si logra convencernos. Y en medio de este ruido, la verdad se vuelve un acto de resistencia.

Quizás la verdad no sea un punto fijo, ni un dogma, ni una fórmula perfecta. Quizás sea un río que fluye, un espejo roto que refleja distintos ángulos, un proceso más que un destino. Lo importante no es poseerla, sino animarse a vivirla con coherencia: pensar, sentir y actuar en la misma dirección.

La verdad incomoda, sí. Puede romper seguridades. Pero también libera. Porque no hay libertad sin verdad, no hay amor sin verdad, no hay autenticidad sin verdad.

 

 Te invito a preguntarte:


¿Qué verdad estás evitando mirar de frente… y qué pasaría si hoy decidieras abrazarla?

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

El Deseo: La Paradoja que Nos Hace Humanos

El deseo… esa chispa invisible que arde en cada uno de nosotros. A veces lo vivimos como una bendición, otras como una condena. Es el fuego que nos impulsa a levantarnos cada mañana, pero también la llama que nos roba la paz en las noches.

Los filósofos han discutido durante siglos su naturaleza. Para Schopenhauer, desear era sinónimo de sufrir, porque nunca se sacia. Spinoza, en cambio, lo veía como la afirmación misma de la vida: el impulso vital que nos empuja a perseverar en la existencia. Nietzsche fue más lejos aún: el deseo no es vacío, sino exceso, voluntad de poder, afirmación de la vida en toda su intensidad.

Gracias al deseo encendimos el fuego, navegamos océanos, levantamos templos y escribimos poemas. Pero también, por el deseo, hemos librado guerras, destruido ecosistemas y consumido hasta el agotamiento. El deseo es creador y destructor al mismo tiempo.

La psicología moderna nos recuerda que gran parte de lo que creemos “nuestros” deseos en realidad son moldeados por otros: la cultura, la sociedad, la publicidad, incluso los algoritmos que nos dicen qué soñar. Lacan lo resumía de forma brutal: “El deseo es siempre el deseo del Otro.” Y en un mundo hiperconectado, esa afirmación pesa más que nunca.

Pero también hay deseos que trascienden lo superficial: el deseo de comprender quién soy, de amar profundamente, de encontrar un sentido. Viktor Frankl lo descubrió en los campos de concentración: incluso en las peores circunstancias, el deseo de sentido puede mantener viva a una persona.

El deseo, entonces, no es algo que deba ser eliminado ni seguido ciegamente. Es una paradoja con la que convivir. Hay deseos que me elevan —aprender, crear, conectar— y deseos que me hunden —poseer, controlar, dominar. El desafío está en discernir cuáles alimentar y cuáles dejar morir de hambre.

Y, sin embargo, hay una pregunta que nunca deja de inquietarme:
Si el deseo nunca se sacia, si siempre me arrastra hacia lo que aún no tengo… ¿qué haría yo? ¿Apagarlo para descansar, o abrazarlo aunque me consuma?

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

El Idealismo: Cuando las Ideas Superan a la Materia

Desde la antigüedad, los filósofos han debatido sobre una cuestión fascinante: ¿qué es más real, lo que vemos con los ojos o lo que pensamos con la mente?
De esa pregunta nace el Idealismo, una corriente que sostiene que las ideas, la conciencia y el pensamiento son más fundamentales que la materia misma.

 

Platón y el mundo de las Ideas

Platón fue uno de los primeros en hablar de un mundo invisible donde existen las formas perfectas: el mundo de las Ideas. Para él, lo que vemos aquí —una mesa, un árbol, un rostro— no es más que una copia imperfecta de esa realidad superior.
En este sentido, lo visible es solo un reflejo de lo invisible.

 

El idealismo filosófico moderno

Filósofos como Berkeley llegaron a decir que la materia no existe como tal, que lo único que existe son percepciones. “Ser es ser percibido”, afirmaba.
Hegel, por su parte, veía la historia como el despliegue de una gran Idea universal, un Espíritu que se desarrolla a través de la humanidad.

 

Idealismo y psicología: la mente como filtro

Más allá de la filosofía, la psicología nos recuerda que nunca vemos la “realidad tal cual es”. Lo que vemos es lo que nuestra mente interpreta.
Por eso dos personas pueden vivir la misma experiencia y percibirla de formas totalmente diferentes. El idealismo aquí nos enseña que nuestros pensamientos colorean nuestra vida.

 

La ciencia también se acerca

La física cuántica sorprendió al mundo al mostrar que las partículas parecen no tener un estado definido hasta ser observadas. El famoso experimento de la doble rendija nos recuerda que la conciencia del observador influye en lo que ocurre.
Aunque los científicos son cautelosos, el eco del idealismo resuena: ¿y si la mente participa activamente en la creación de la realidad?

 

Idealismo espiritual

Las tradiciones espirituales también hablan en clave idealista. El hinduismo describe el mundo material como maya, ilusión. El budismo enseña que la conciencia es el fundamento de todo. Y en la mística cristiana, la verdadera vida está en el espíritu, no en lo material.
Todas estas visiones coinciden en algo: la materia es transitoria; la conciencia, eterna.

 

En la literatura y el arte

El arte ha jugado con el idealismo una y otra vez. Don Quijote veía gigantes donde otros veían molinos; para él, sus ideas eran más reales que la “realidad” de los demás.
Películas como Matrix o Origen nos dejan la misma pregunta: ¿y si todo fuera un sueño, una simulación, una idea?

 

¿Por qué importa el idealismo hoy?

Más allá de teorías abstractas, el idealismo nos enseña algo práctico: las ideas importan.
Si piensas que no puedes, probablemente no podrás.
Si crees en un futuro mejor, esa idea guiará tus pasos para hacerlo posible.
Las ideas son semillas que germinan en acciones, y esas acciones moldean la realidad.

 

El idealismo no es solo una filosofía antigua. Es una invitación a mirar tu vida con otros ojos.
La materia envejece, se rompe, desaparece. Pero las ideas… permanecen, se transmiten, inspiran.
Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es si el mundo es real o no, sino: ¿qué idea estoy eligiendo para construir mi realidad?

 

El mundo no está hecho solo de lo que existe, sino también de lo que soñamos que puede existir.

 

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

La Amistad: El Tesoro Invisible Que Sostiene la Vida

La amistad es una de esas palabras que parecen sencillas, pero que encierran todo un universo. No es solo compañía, ni solo risas compartidas. Es un lazo invisible que nos recuerda que no nacimos para caminar solos en este mundo.

Un verdadero amigo no se mide por las veces que aparece en tus fiestas, sino por su presencia en tus silencios. Está cuando todos se van, cuando la vida se complica y el mundo parece darte la espalda. Es en esos momentos donde la amistad revela su verdadero poder: sostenerte cuando crees que no puedes más.

La amistad más allá de las palabras

Muchos creen que la amistad se mide en frases bonitas o en fotografías para las redes sociales. Pero la realidad es otra: la amistad se mide en actos. En ese mensaje inesperado que llega justo cuando lo necesitabas. En esa risa compartida que cura más que cualquier medicina. En ese abrazo que no pide explicación, pero que te devuelve la calma.

El refugio en medio del ruido

Vivimos en un mundo ruidoso, lleno de distracciones y máscaras. En medio de todo eso, la amistad es un refugio. Un espacio seguro donde puedes quitarte la armadura, mostrar tus heridas y aún así sentirte aceptado. Un amigo verdadero no intenta cambiarte, te acompaña en tu camino, y en esa compañía te recuerda que eres suficiente tal y como eres.

La amistad que trasciende

Lo hermoso de la amistad es que no entiende de distancias ni de tiempo. Hay amigos que no ves durante meses o años, y al reencontrarte con ellos, la conexión sigue intacta, como si nunca hubiera pasado un solo día. Esa es la prueba de que la amistad auténtica no depende de la frecuencia, sino de la verdad que habita en el vínculo.

Ser amigo de uno mismo

Antes de ser amigos de los demás, debemos aprender a ser amigos de nosotros mismos. Escucharnos, perdonarnos, valorarnos. Porque la amistad nace dentro, y desde ahí se expande hacia los demás como una luz que no se apaga.

Un llamado al corazón

La amistad es un tesoro invisible, pero real. Es el motor silencioso que nos empuja en los días grises y la celebración más genuina en los días de victoria.

Hoy te invito a hacer algo simple: piensa en ese amigo que ha estado contigo en tus momentos más difíciles. Escríbele. Llámalo. Agradécele. Y más aún: conviértete tú en ese amigo para alguien más.

Porque, al final, lo que realmente nos hace humanos no son los títulos, ni los logros, ni las posesiones… sino los corazones que hemos tocado con la magia de nuestra amistad.

 

La amistad no se mide en años, sino en la verdad que existe en ella.

 

 

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

El Yin y el Yang: La Danza Eterna del Equilibrio

Desde hace siglos, el Yin y el Yang nos miran desde un símbolo tan simple como profundo: un círculo dividido en blanco y negro, con un punto de luz en la sombra y una semilla oscura en la claridad. Muchos lo ven como adorno, pero en realidad es un mapa. Un mapa de tu vida, de tu cuerpo y del universo entero.

El Yin representa lo receptivo, lo oscuro, lo femenino, lo interno. El Yang, lo activo, lo luminoso, lo masculino, lo externo. No son enemigos, sino compañeros inseparables de una danza eterna. Donde uno se despliega, el otro aguarda. Donde uno se expande, el otro se recoge.

En tu respiración lo ves: inhalar es Yang, exhalar es Yin. En tu corazón lo sientes: contracción y expansión, Yin y Yang latiendo dentro de ti. En tus emociones lo vives: la tristeza que da profundidad, la alegría que ilumina.

El error de nuestra época es creer que debemos elegir un solo lado: estar siempre activos, siempre felices, siempre “arriba”. Pero esa obsesión rompe el equilibrio natural. La calma es tan sagrada como la acción, la sombra tan necesaria como la luz.

El Tao nos recuerda que la vida no es estática: es movimiento constante. Como un río que fluye, el equilibrio verdadero no es inmovilidad, sino la oscilación eterna entre polaridades.

Y aquí un detalle sorprendente: incluso las estrellas lejanas parecen susurrar este secreto. Los púlsares —estrellas de neutrones— laten enviando pulsos de energía, silencio y estallido, como un eco cósmico del Yin y el Yang.

La enseñanza es clara: no eres solo luz, no eres solo sombra. Eres el círculo completo. Y cuando lo recuerdas, dejas de luchar contra la vida… y empiezas a bailar con ella.

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

El Tiempo: La Ilusión Que Nos Define

El tiempo. Esa palabra que parece tan simple y, sin embargo, encierra el mayor misterio de la existencia. Lo medimos con relojes, lo perseguimos con calendarios, lo sentimos escapar entre los dedos. Pero, ¿qué es realmente? ¿Un flujo inevitable o una invención humana para no perdernos en el caos del universo?

La ciencia nos dice que el tiempo no es absoluto. Einstein demostró que depende del movimiento y de la gravedad. Para quien viaja a velocidades cercanas a la luz, los minutos se estiran; para quien permanece quieto, se acortan. Es decir, no hay un único reloj universal: el tiempo se curva, se dilata, se contrae. Y, aun así, lo vivimos como una línea recta.

La física lo explica con la entropía: el desorden siempre aumenta, y por eso percibimos que “avanza”. Pero quizá esa flecha sea solo una ilusión. Hay ecuaciones que funcionan igual hacia el pasado y el futuro. Tal vez el tiempo no se mueve… tal vez somos nosotros quienes nos movemos dentro de él.

La filosofía, desde San Agustín hasta Heidegger, insiste en lo mismo: solo existe el presente. El pasado vive en la memoria, el futuro en la imaginación. Lo único real es este instante que ya se escapa mientras lo nombramos. Y, sin embargo, dentro de este instante cabe toda la eternidad.

Las tradiciones espirituales también lo intuyeron. Hablan de un tiempo circular, simultáneo, donde todo ya existe. Lo que llamamos “vidas pasadas” o “futuras” serían solo diferentes manifestaciones de una misma conciencia expandida. La física cuántica, curiosamente, no descarta del todo esa posibilidad.

Quizá el tiempo sea solo un reflejo de la mente. Cuando estamos en calma, el tiempo se detiene; cuando estamos ansiosos, corre. No es el reloj el que nos gobierna, sino la conciencia con la que lo vivimos.
Y entonces entendemos: no somos prisioneros del tiempo, somos sus creadores.

El tiempo puede ser una cárcel o una puerta. Cárcel, cuando lo vivimos como cuenta regresiva; puerta, cuando lo habitamos como un espacio de creación. Porque lo único real no es el ayer ni el mañana, sino este ahora eterno donde todo ocurre y todo es posible.

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

Los pensamientos negativos: el laberinto invisible de la mente

Dicen que los pensamientos no se ven, pero moldean todo lo que somos.
Son invisibles, intangibles… y sin embargo, pueden construir murallas dentro de la mente. No necesitan armas ni cadenas: basta un susurro interno para detenernos. “No vas a poder”, “seguro fracasarás”, “no eres suficiente”.
No vienen del mundo exterior, sino del interior. Y aun así, pueden paralizarnos más que cualquier obstáculo real.

La trampa mental: cómo opera la negatividad

La psicología los llama pensamientos automáticos negativos.
Surgen sin aviso, como ecos de experiencias pasadas o heridas no resueltas. Son una forma de defensa mal calibrada: el cerebro, diseñado para protegernos, detecta peligro incluso donde no lo hay. Así nació el sesgo de negatividad: una tendencia ancestral a fijarse más en lo malo que en lo bueno.

Era útil cuando temíamos depredadores. Pero hoy, donde los peligros son abstractos —el fracaso, el juicio ajeno, la incertidumbre—, esa alarma interna se vuelve prisión.

El cuerpo que reacciona al pensamiento

La ciencia lo demuestra: imaginar una amenaza activa las mismas zonas cerebrales que enfrentarla en la realidad.
La amígdala libera cortisol, el corazón se acelera, el cuerpo se tensa.
Así nacen las cadenas invisibles: el miedo anticipado al fracaso, la expectativa de la crítica, la duda antes del intento.

Incluso existe el efecto nocebo: pensar que algo hará daño puede enfermarte, aunque no haya causa física.
La mente crea lo que teme.

Filosofía antigua, ciencia moderna

Epicteto ya lo había dicho:

“No son los hechos los que nos perturban, sino la opinión que tenemos sobre ellos.”

Marco Aurelio lo reafirmó:

“El alma se tiñe con el color de sus pensamientos.”

Y Séneca advirtió:

“Sufrimos más en la imaginación que en la realidad.”

El budismo llegó al mismo punto por otro camino:

“Ni tu peor enemigo puede hacerte tanto daño como tus propios pensamientos sin control.” —Buda

La mente se entrena: neuroplasticidad y transformación

Cada pensamiento deja una huella en el cerebro.
Cuanto más lo repetimos, más profundo se vuelve ese surco neuronal.
Pensar “no puedo” una y otra vez es cavar un camino hacia la impotencia.
Pero la buena noticia es que el cerebro también puede reprogramarse.

Cada vez que cuestionas un pensamiento negativo y eliges uno más constructivo, creas una nueva ruta. La neurociencia lo llama plasticidad cerebral.
La espiritualidad lo llama despertar de conciencia.
Ambos dicen lo mismo: puedes transformar tu mente.

Guardianes disfrazados de carceleros

Los pensamientos negativos suelen presentarse como prudencia o realismo.
Te dicen: “mejor no arriesgarte”, “así no te decepcionas”.
Pero no son guardianes. Son carceleros.
El perfeccionismo, la comparación, el síndrome del impostor: todas son máscaras del mismo miedo a fallar.

El primer paso es reconocer su disfraz. El segundo, no obedecerlo.

El arte de observar sin identificarse

El estoicismo enseña: “Detente. Reconoce que ese juicio es tuyo, no de la realidad.”
El budismo dice: “Observa el pensamiento como una nube. Déjalo pasar.”
Ambos nos recuerdan algo esencial: el pensamiento no es verdad, es solo un evento mental.

Cuando dices “soy un fracaso”, te defines con una idea pasajera.
Pero si dices “estoy teniendo el pensamiento de que soy un fracaso”, tomas distancia.
Esa distancia te libera.
No eres tu mente. Eres la conciencia que la observa.

De verdugo a aliado

La psicología moderna llama a esto defusión cognitiva: separar lo que piensas de lo que eres.
La clave no es silenciar la mente, sino cambiar la relación con ella.
No servirle té, como diría un maestro zen: dejarla hablar, pero sin obedecerla.

El presente es el antídoto.
Porque los pensamientos negativos habitan el pasado (“ya fallaste”) o el futuro (“volverás a fallar”), pero nunca el ahora.
En el ahora solo existe la respiración, el pulso, la acción posible.
Y cuando vuelves ahí, el miedo pierde poder.

La libertad interior

No puedes controlar lo que piensas, pero sí cómo respondes.
No puedes detener todas las tormentas mentales, pero sí elegir no navegar en ellas.
El estoicismo nos enseña a distinguir lo que depende de nosotros.
La ciencia demuestra que el cerebro se reprograma.
La espiritualidad nos recuerda que la conciencia es más grande que cualquier pensamiento.

Todo confluye en una sola verdad:
El poder está en tu decisión.

Cuando aparezca el pensamiento negativo —y aparecerá—, míralo sin miedo.
No lo alimentes. No lo creas.
Solo reconócelo, suéltalo y respira.
El silencio mental no es el final del camino, sino su consecuencia.
Porque cuando eliges no obedecer a tu mente… comienzas a ser verdaderamente libre.

🌸 “Los pensamientos pueden susurrar, pero eres tú quien decide el rumbo.”

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

El Misterio del Dharma

Dharma. Una palabra que parece contener el eco del universo. No es solo un concepto antiguo ni una doctrina: es un código de la existencia, la melodía que sostiene todo lo que vive.

No puede definirse con exactitud, porque el Dharma no se explica… se siente. Es la fuerza que guía al río a fluir, al fuego a transformar, a la semilla a crecer hacia la luz. Y en nosotros, es la vibración que nos impulsa a ser quienes realmente somos.

Muchos lo confunden con el deber o el destino, pero el Dharma es más íntimo: es la coherencia entre lo que piensas, sientes y haces. Cuando vives de acuerdo con tu Dharma, todo fluye con un ritmo invisible, y hasta los desafíos adquieren sentido. Cuando te alejas de él, la vida se vuelve áspera, como si llevaras un traje que no es tu talla.

El Dharma no te obliga; te llama. No te promete comodidad, sino sentido. Es el susurro que te recuerda que tu vida no es un accidente, sino una expresión única del universo.
No hay un camino universal: hay un llamado personal. Ningún maestro puede revelártelo, porque solo tú puedes escuchar esa melodía en tu interior.

Y ahí está el gran misterio:
el Dharma no es algo que debas alcanzar, porque ya lo eres.
Solo tienes que quitar las capas de miedo, comparación y duda para dejarlo brillar.

Así que la verdadera pregunta no es si tienes un Dharma, sino:
¿Te atreves a vivirlo?

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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

El Duelo: entre el dolor y la transformación

El duelo es esa palabra que todos conocemos, pero que ninguno quisiera vivir.
Es la herida invisible que se abre cuando perdemos a alguien que amamos. Un proceso inevitable, universal, y a la vez, único en cada ser humano.

Sin embargo, el duelo no es solamente un vacío. También es un camino de transformación.

 

El duelo desde la psicología

La psicología lo define como un proceso de adaptación.
Las fases descritas por Kübler-Ross —negación, ira, negociación, depresión y aceptación— nos muestran que el duelo no es lineal, sino un laberinto donde a veces retrocedemos y otras veces avanzamos.

La mente busca comprender la ausencia, y en ese intento, nos da espacio para sobrevivir al dolor.

 

El duelo en el cuerpo

La biología demuestra que el duelo se siente en la piel, en el pecho, en cada fibra.
Las mismas áreas cerebrales que registran el dolor físico se activan cuando sufrimos una pérdida. Por eso llorar duele, y recordar oprime.

El amor deja huellas químicas en nuestro cerebro, y cuando falta la persona amada, el cuerpo también grita su ausencia.

 

El duelo y la espiritualidad

Más allá de la ciencia, la espiritualidad nos recuerda que la muerte no es un final.
Para el budismo, el alma transita por estados intermedios; para el cristianismo, la vida continúa en la eternidad; para el hinduismo, la reencarnación abre nuevos ciclos.
Incluso tradiciones ancestrales nos hablan de ancestros que permanecen presentes en otra dimensión.

Quizá el duelo sea, entonces, aprender a convivir con dos realidades: la del cuerpo que ya no está y la del alma que nunca se va.

 

Un maestro doloroso

El duelo enseña sin pedir permiso.
Nos recuerda la fragilidad de la vida, nos obliga a amar de otra manera y nos muestra que la fortaleza no consiste en olvidar, sino en integrar la ausencia como parte de nuestra historia.

En medio de la tristeza, también nos abre a experiencias espirituales: señales, sueños, intuiciones que parecen decirnos que el vínculo sigue vivo, aunque en otra forma.

 

El duelo como puente

La ciencia moderna demuestra que la meditación, la oración y los rituales alivian el dolor del duelo. La neurociencia confirma que estos actos generan calma y esperanza en el cerebro.
Así, lo espiritual y lo científico se encuentran en un mismo punto: el ser humano necesita sanar tanto el cuerpo como el alma.

El duelo no es una prisión, es un puente.
Un puente hacia una nueva forma de amar, de recordar y de vivir.

 

Si hoy estás atravesando un duelo, quiero que recuerdes esto:
🌸 Tu dolor es real, pero también lo es tu capacidad de transformarlo.
🌸 El amor que sentiste no desaparece, se convierte en memoria, en energía, en semilla de nuevas fuerzas.
🌸 El duelo no es el final, es el eco de un amor que aún vibra.

Quizá, después de todo, el duelo sea la manera en que la vida nos recuerda que el amor es lo único que nunca muere.

 



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María Marta Moreiro María Marta Moreiro

Orgullo y Humildad: Dos fuerzas que transforman nuestra vida

En la vida, solemos escuchar que el orgullo es malo y que la humildad es la única virtud aceptable. Pero la realidad es más compleja y fascinante: ambas son fuerzas necesarias, y cuando se equilibran, nos ayudan a crecer como seres humanos, espirituales y conscientes.

 

 El orgullo: la chispa que nos impulsa

El orgullo no siempre es sinónimo de soberbia. En su forma sana, es el reconocimiento de nuestro valor y esfuerzo.
Es el motor que nos anima a decir: “sí puedo”, incluso cuando las circunstancias parecen adversas.

  • El orgullo nos impulsa a superar límites.

  • Nos recuerda que somos capaces de soñar en grande.

  • Nos invita a honrar lo que hemos construido con sacrificio.

El problema aparece cuando el orgullo se desbalancea y se convierte en arrogancia. Ahí ya no busca superación, sino superioridad. En lugar de inspirar, aleja; en lugar de motivar, hiere.

 

 La humildad: la raíz que nos sostiene

La humildad no significa rebajarse ni sentirse menos. Significa reconocer que no estamos solos en este camino y que cada logro también se alimenta de quienes nos rodean.

  • La humildad nos enseña a escuchar.

  • Nos recuerda que siempre podemos aprender algo nuevo.

  • Nos conecta con la esencia: somos parte de un todo, no el centro de él.

Lejos de ser debilidad, la humildad es fortaleza interior. Quien es humilde no necesita gritar lo que vale: su vida lo demuestra.

 

Orgullo y humildad: dos alas de un mismo vuelo

Podemos imaginar al orgullo como un par de alas que nos hacen volar, y a la humildad como el suelo que nos sostiene.
Si tenemos solo alas, corremos el riesgo de perdernos en el aire. Si tenemos solo suelo, nunca despegaremos.

Cuando ambas fuerzas trabajan juntas:

✨ El orgullo nos eleva, la humildad nos equilibra.
✨ El orgullo nos impulsa hacia adelante, la humildad nos enseña a mirar hacia adentro.
✨ El orgullo enciende la chispa, la humildad la convierte en luz duradera.

 

El mundo necesita personas que brillen con orgullo por lo que son y lo que hacen, pero que también caminen con la sencillez de la humildad.
Uno nos recuerda que somos únicos; el otro nos recuerda que somos parte de algo más grande.

 Sé grande con orgullo, pero eterno con humildad.
En ese equilibrio está la verdadera sabiduría de la vida.

 

 

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